Oswaldo Salazar León / El tranvía y Lolita en el Carúpano de ayer

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EL TRANVÍA Y LOLITA EN EL CARÚPANO DE AYER

Por Oswaldo Salazar León

–Tenía que cruzar calle Larga, desde la acera de su casa a la Plaza que queda enfrente. Abrió la alta hoja de pesada madera de la puerta y el reflejo de luz bañó el zaguán y su cuerpo. Tenía presente las advertencias que desde niña le habían dado: por esa calle se desplazaba el Tranvía. Los rieles estaban encajados en el cemento que recientemente habían echado en la superficie, disminuyendo notablemente el polvo que  se levantaba, cada vez que corría  el viento proveniente de la playa.

Al Tranvía, antes de que se desplazara gracias a la energía de la electricidad, lo remolcaba la fuerza de las bestias atadas a los vagones y guiadas por los operarios  encargados de movilizarlo desde El Mangle hasta el Zanjón,  en las cercanías del Puerto. Se veían los vagones cargados de costales de granos de cacao o de largas cañas de azúcar. Recorría con lentitud los dos kilómetros y medio que es su longitud. Era lento pero eficaz en el traslado de ambos frutos, base y riqueza de una floreciente economía local.

Los talegos eran descargados a hombros por los caleteros y llevados a las zorras para continuar con su recorrido hasta los depósitos del Puerto y quedar a la espera de  la llegada del próximo vapor que los  transportarìa a Europa.

Amarradas las cañas en haces se llevaban  a los ingenios encargados de procesarlas para obtener diversos productos: melao, melaza, melcocha, alcohol, ron, guarapo y papelón

Una vez que se le incorpora al tranvía la electricidad para impulsarlo, éste cubría el recorrido en menor tiempo. Pasaba un poco más rápido y el operador disponía de un silbato a presión y una campanilla de bronce que, al pitar y tañer, anunciaba su cercanía a las esquinas y  los cruces de las calles.

La  gente estaba acostumbrada a ver pasar varias veces al día el transporte tranviario pero corrió en el pueblo  una mala noticia. Dos niños jugaban y al estar concentrados en su distracción no se percataron que el Tranvía se acercaba. Manuel Catalino Rodríguez y  Julia Elena Capdeviela  fueron atropellados por aquella pesada máquina. Por suerte no resultó fatal,  pudiendo salvárseles las vidas. Pero este accidente sirvió de advertencia para que los transeúntes estuvieran atentos al tránsito del Tranvía.

Lolita, conocida y apreciada pianista y maestra, recordaba aquello tal como si hubiera ocurrido ayer. Cruzó la calle sin dejar de mirar hacia arriba, norte, y hacia abajo, sur. Aunque estaba despejada apresuró su paso hasta alcanzar la acera de la Plaza Santa Rosa. Ahora caminaba con tranquilidad para cubrir los noventa metros que la separaban del templo. Ella se ataviaba, como siempre, luciendo como la mademoiselle que era, por influencia y formación familiar. Llevaba una mantilla de fino encaje, un infinito velo y un abanico de estilo chino en la mano izquierda. Su vestimenta reflejaba recato.

Los jardines de la Plaza tenían  instalados atrapa pies, mitades de círculos de hierro redondos entrelazados que servían de límites en la circulación de personas y de protección a las plantas. Ocho jardines, externos e internos, había en ese espacio lineal.

Ese día a los muchachos que vivían cerca de la plaza  se les ocurrió jugar una broma a quienes pasaran por el lugar. Trajeron un ovillo de hilo pabilo y lo amarraron de atrapa pies  a atrapa pies, cubriendo el espacio de circulación.

Lolita, que caminaba con la elegancia que le era propia en pocos minutos sintió que algo se le enredaba en los tobillos y más arriba. Sorprendida por la extrañeza de lo que sentía por primera vez, exclamó incómoda:

¡¡Bendito Dios, ¿que será esto?!!

Moviendo los pies con intenciones de zafarse, sin lograrlo, y alzando un poco el largo vestido, de nuevo exclamó:

¡¡¿Serán telas de araña?!! Y continuó moviendo las piernas, sin librarse del incómodo enredo. Miraba a los lados ruborizada por los movimientos que hacía, sin lograr solución. A pesar de los intentos, no podía liberarse de aquello.

¡¡¿O rayos de bicicleta?!!

¡¡¿O los bordes de las enaguas?!!

¡¡¿O los bordados de las pantaletas?!!

¡¡¿O los pelos de la pepita?!!*.  ¡¡Ay Dios querido!!, …liberada de repente de aquellos hilos que nunca vio, pudo continuar caminando libre hasta el Templo. Se sintió acalorada, sofocada,  pero retomó el paso lentamente hasta llegar al pórtico.

Una vez en el recinto sagrado, hizo sus cruces habituales en cara y pecho. Comenzó a sentir la tranquilidad que le brinda su devoción cada vez que estaba cerca de su patrona Santa Rosa de Lima. Inclinada, aquel silencio del recinto facilita su breve meditación y, probablemente, repitiera de memoria alguna oración corta.

Hecho esto, inicia su ascenso con cuidado por la escalera del campanario para llegar al espacio destinado al coro. La esperaban, para el ensayo del día, el maestro Luis A. León, Graciela, Gioconda, dos hermanas de la Congregación de Las Carmelitas y Rafael Alejandro. Colocándose al piano, sus dedos se desplazan suavemente. Tecleaba, desprendiendo notas que corrían sin obstáculos en el ambiente. Afinados y a tempo, se inició  el ensayo  del día con la mirada atenta del presbítero Tomás  E. Márquez Gómez y la dirección del maestro. La armonía musical y especial entonación vocal de Rafael eran ensoñaciones en el Te Deum y Ave María  de Shubert.

Terminado el ensayo, cuando el sol se despedía, regresaron a casa con la satisfacción  de haber logrado la calidad musical sacra, de voces y coro de los cantos en el contexto litúrgico  con motivo de la conmemoración del día de la patrona Santa Rosa.

Lolita se regresó por el mismo espacio de la Plaza acompañada del maestro Luis, sin interrupciones, se despidieron en el jardín del Parapara y llegó a su casa a descansar después de la jornada.

(*) en el lenguaje coloquial carupanero, “pelos de la pepita” refiere al pelo o vello púbico femenino.

Oswaldo Salazar León

osaleon@gmail.com

Cancún, México,  23 marzo 2020

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