Asesina a su madre el día después de Navidad y se pone a rezar

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Los policías hablaron con el vecino que había dado el aviso. “Hace un rato que no he escucho a Janet. La oí gritar y luego un golpe fuerte. Creo que le puede haber sucedido algo. Vive con su hijo Bryan”. Los agentes llamaron al timbre, pero nadie salió a abrirles. Finalmente tuvieron que avisar a los bomberos para que derribaran la puerta.

Todo estaba a oscuras. Ni una luz encendida. En el ‘hall’ de entrada, con la luz del pasillo, vieron restos de sangre en el suelo y un poco más allá el cuerpo de una mujer tirada boca arriba en posición rara. Estaba muerta. Tenía la cara ensangrentada y toda la apariencia de haber recibido una paliza, con especial ensañamiento en la cara. La autopsia luego determinaría que la causa del fallecimiento fue la rotura del cráneo producida por golpes probablemente realizados con puños o con un objeto contundente.

Los agentes avisaron a los servicios médicos y después, con los escudos de protección para garantizar su seguridad, siguieron registrando la casa, habitación por habitación, decididos pero con cautela. Buscaban a un asesino violento que quizá la emprendiese a golpes con ellos. Localizaron a Bryan, de 27 años, el hijo de la víctima, de 52, en la última habitación.

Estaba a oscuras, sentado en una silla, rezando. Tenía los nudillos de las manos descarnados y sangrantes. Cuando los agentes le hablaron comenzó a reír, como ido.

Después les dijo palabras sin sentido y volvió a reír. Así, en bucle, durante el tiempo que estuvieron esperando a los servicios médicos. Los doctores certificaron la muerte de la mujer y se llevaron a Bryan al Hospital de Guadalajara, donde le ingresaron en la planta de psiquiatría

Se hizo cargo del asunto la brigada de la Policía Judicial de la capital alcarreña.

Localizaron a la hermana de Bryan e hija de la víctima. Esta mujer, devastada, les contó el terrible incidente que ocurrió tres días antes del asesinato y que quizá podría haber servido para dar la voz de alarma. El 23 de diciembre, sin causa justificada, el joven comenzó a gritar a su madre fuera de sí. La acusaba de todos los problemas que tenía en la vida. Su reacción fue tan violenta que la pobre mujer llamó al 112. La médico que acudió a la casa sometió a una revisión a Bryan y le pidió que firmase su ingreso voluntario en el hospital.
No le podía obligar, pero le explicó que era lo mejor para él. Él se negó: “No quiero. Estoy perfectamente”, alegó. Su madre le insistió sin éxito. Al ver la violenta negativa de su hijo notó el miedo invadiéndola y aprovechó para coger sus cosas y huir. Buscó refugio en casa de su hija. Le contó lo ocurrido y le confesó que estaba muy asustada. Ella le dijo que a partir de ese momento se quedaba a vivir con ella. La mujer aceptó de buen grado, pero en fechas tan señaladas, Nochebuena y la Navidad, le costó estar lejos de su hijo, al que amaba y había criado.
 

Ese cordón umbilical virtual que todavía les unía le pedía volver con él. Necesitaba ayudarle y el 26 por la mañana decidió que lo haría como una buena madre. Estaba preocupada por su alimentación. ¡Qué habría comido sin ella si no sabía desenvolverse entre fogones! Así que le cocinó. ¡Qué iba a comer, si no, su pequeño!

Antes de la hora del almuerzo, se acercó a la casa con varios ‘tupperwares’ llenos de la comida que le había preparado. Él la recibió a puñetazos y la mató.

El juez de guardia decretó su inmediato ingreso en prisión, que no ha sido posible cumplir ya que sigue ingresado en psiquiatría del hospital. Todo apunta a que se trató de un brote psicótico, aunque nadie jamás parece habérselo diagnosticado. / Nacho Abad

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