Cristóbal Guerra / El alivio de beber en la copa

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EL ALIVIO DE BEBER EN LA COPA

Por Cristóbal Guerra


–Suramérica sufría con las manos atadas. Sin maneras ni voz para expresarse, veía impotente pasar los días y la pandemia sin nada que decir. Pero como la Biblia dicta que “no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla”, la Copa América será posible en pocos meses. Quien la haya vivido conocerá el candor que hay en este encuentro, esa relación afectuosa imposible de encontrar en un Mundial. Se habla el mismo idioma, y cuando decimos “el mismo idioma” también incluimos a Brasil y su portugués lento y cadencioso.

La Copa, más que un afán futbolístico, es la excusa perfecta para abrazar a los amigos de toda la vida, para hablar con efusividad de lo que hacemos en lo cotidiano del periodismo y de la calle, de todo aquellos que de alguna manera nos hace hermanos de Suramérica, “cómo estás, que has hecho en todos estos años que no nos hemos visto, ¿ya tienes más hijos que la última vez que nos encontramos?, ¿cómo están las cosas en tu país?”

Bueno, y la Copa América en definitiva, va. Con el permiso de la covit-19, de las circunstancias adversas que la postergaron por un año y de los males de este mundo, va a marcar su partida el 11 de junio en Buenos Aires hasta la final el 10 de julio en Barranquilla.

Lo más encomiable de todo esto ha sido la perseverancia de la Confederación Suramericana porque la Copa sea verdad. No era posible esperar más, porque en el mundo no había fuerza que aguantara la impaciencia de la gente, jugadores y dirigentes en la espera interminable.

Pero ¿es la Copa América un encuentro de amor, de complacencia, y todos tan felices? Ummm… detrás de las escenas fraternales se esconden otros intereses. Montar el torneo era urgente, porque sin ladrillos para construir, el edificio se iba a venir abajo. Cada selección gana un buen dinero proveniente de los contratos televisivos, y esos son los hilos que llevan a la madeja. Sin esa plata no hay federación ni carrusel futbolístico que aguante la mecha: las pérdidas descomunales se agolpan detrás del coronavirus, y hay que salirle al paso a la debacle absoluta.

Por eso la Copa América. Buenos Aires, La Plata, Mendoza, Córdoba y Santiago del Estero en la zona sur; y Barranquilla, Bogotá, Cali y Medellín y en la norte, se van a desparraman en procura del premio mayor. Jugadores consagrados, cumplidores sin brillo pero igualmente imprescindibles, jóvenes temerarios en busca de un lugar en el mapa del fútbol, estarán ahí dejando la vida.

Muchachos inesperados

Por aquellos días, en los que la Vinotinto poco contaba, dos muchachos venezolanos tuvieron que ser ser tomados en cuenta: en 1989, en la Copa América de Brasil, Carlos Maldonado igualó la vanguardia de los goleadores al anidar cuatro balones con el brasileño Bebeto, que solo pudo superarlo por jugar la ronda final: “¿De dónde salió ese Maldonado?”, preguntaban en la tribuna de prensa.

Y en 1993, en Ecuador, la apoteosis de otro criollo: José Luis Dolgetta alcanzó el reconocimiento al reventar cuatro redes que le valieron el título como amo de los goles del torneo. Han sido pocos logros, pero de un alto valor futbolístico.

 

Líderendeportes.com

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