Cristóbal Guerra / El fútbol que no vimos

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EL FUTBOL QUE NO VIMOS

Por Cristóbal Guerra

—-En días así, como los que ahora vemos pasar guardados en nuestras casas, pensamos en cosas que habitualmente no ocupan nuestras mentes. Por ejemplo, aquel fútbol del que hemos leído en las crónicas de entonces y del que hemos oído hablar a los mayores, muchos de aquellos que ya no están.

La semana pasada, el adiós de Amadeo Carrizo nos hizo voltear hacia lo no vivido. Bueno, esto es una contradicción, pero recurriendo a los testimonios de entonces podríamos rearmar la época que nos precedió.

El gran arquero argentino fue el antecesor de Antonio Roma, el guardián albiceleste en el Mundial Inglaterra 66, el segundo después del de Chile 62 del que tengamos memoria, y cuidó la valla de la selección de su país en el Mundial Suecia 58. De Carrizo se cuentan historias míticas de los años de Alfredo Di Stéfano, su compañero en el River Plate en los tiempos del fútbol legendario, el fútbol romance…

Todas estas añoranzas remiten, en tiempos paralelos, a la llamada época dorada en Venezuela. Años 50, años de cierta inocencia. En algunas  ocasiones nos hemos encontrado con jugadores de aquellos días, hoy en sus 80 y tantos años de edad, en encuentros que suelen ser un oasis para los oyentes, como dijimos en el párrafo anterior, para saber de lo no visto.

Pero al escuchar aquellas historias, sí, también las vivimos; nos hemos sentado en las  viejas gradas de madera y fierro del estadio Brígido Iriarte con su chirriante sonar en cada emocionante llegada de gol, o en las para entonces recién estrenadas del Olímpico para verlos jugar. Unión contra Dos Caminos, San Bernardino ante Litoral, Loyola vesus La Salle en una ancestral rivalidad del más encarnizado enfrentamiento de aquel entonces…

Y todo esto ha vuelto a la vida por la muerte de Amadeo Carrizo. A veces, en jugarretas entre amigos, nos preguntamos en cuál época de la historia nos hubiese gustado estar.

Algunos hablan de la Revolución Francesa, otros de los días de esplendor de la antigua Roma en sus días imperiales, algún bohemio del París de los años 20 y 30 tan hermosamente reseñados por Ernest Hemingway en “París era una fiesta”, y algún soñador prefiere los días tumultuosos, pero de gloria, de la Independencia de Venezuela.

Quien ahora escribe, sin desdeñar ninguna de las utopías de los compañeros, tal vez hubiese querido estar presente, para sentir en la piel  el fuego ardiente de aquellos días, en un partido de la época de oro y brillo del fútbol venezolano. ¿Qué tal estar entreverado en las barras de entonces, cuando un partido Loyola-La Salle era capaz de llenar el Olímpico de pura pasión futbolera venezolanista? Nos vemos por ahí.

 

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