Cristóbal Guerra / No son robots, solo hombres

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La impaciencia de los aficionados del fútbol es entendible. Su anhelo entra en el saco sin fondo de las inquietudes porque todo comience, porque todo vuelva a ser como antes. Por eso piden, a medias entre el cielo y la Fifa, que los árbitros toquen el silbato para que los partidos enciendan las canchas y la vida del planeta.

Todo eso está muy bien; pero, ¿se habrá detenido la gente en lo humano que hay en cada jugador, en cada director técnico? ¿Habrán reparado en el hecho de que sienten y piensan como los propios hinchas del mundo? Verlos entrenar con empeño en sus casas o parques cercanos les ha dado a los futbolistas ese toque de humanismo del que al verlos jugar parecen haberse despojado.

Pero quizá, y dentro de todo lo apocalíptico que puede representar el coronavirus, la pandemia ha traído también esa visión de que no son robots o muñecos de juego, sino hombres comunes, con los mismos sentimientos de cualquier semejante…

Y como la calamidad llegada de China azota y preocupa, como recoge a la gente en sus casas y llama a reconocer en las gavetas las cosas olvidadas, las autoridades de algunos países han recurrido a la ciencia robótica para labores que pudieran ser de contagio.

Por ejemplo, en Buenos Aires utilizan los robots en limpieza y desinfección, porque no se conoce todavía ningún caso de alguno de ellos como transmisor del virus.

Este último comentario un tanto sarcástico viene al caso por la ausencia de fútbol y la desesperación de los aficionados porque los “robots” vuelvan a jugar en las canchas del planeta. Pero, tranquilos.

Ya en diversos países calientan las turbinas para que el fútbol vuelva y el sosiego entre los hogares en virtud de la magia televisiva, así sea con mascarillas, guantes y celebraciones solitarias de los goleadores cada vez que las redes se estremezcan con sus conquistas…

Ver las repeticiones del Mundial Rusia 2018 nos ha puesto en perspectiva una nueva visión.

Por las emociones de los partidos, y por tener que dar detalles en las transmisiones de televisión, a veces no hemos podido beber el licor embriagante de las grandes jugadas que una acción pueda tener.

Así, tomando un café en casa y con la nostalgia mundialista delante de nosotros, hemos podido volver a vivir, por ejemplo, del gol de lanzamiento libre y en la agonía del partido de Cristiano Ronaldo contra España; y también de tiro de pelota quieta el disparo de Toni Kross en el minuto 96 ante la defensa y la aglomeración de jugadores de Suecia en el área pequeña.

Son emociones distintas, otra clase de ellas, más reposadas de aquellos días de euforia mundialista.

Nos vemos por ahí.

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