Juan Vicente Gómez, es herido en Carúpano y quedó marcado para siempre

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Desde la cubierta del Ban Righ, recientemente bautizado Libertador, la rada de Carúpano es un brazo que se asoma en la bruma sobre la ondulante línea marina. Es un día de principios de Marzo de 1902. Abordo del buque escocés, va el general Nicolás Rolando, jefe en oriente de La Revolución Libertadora, su estado mayor, la soldadesca y parte de los mauser y municiones adquiridos por Manuel Antonio Matos en Europa, con el aporte dado por la N. Y. And Bermúdez co. Este alzamiento tiene la particularidad histórica de aglutinar bajo sus banderas a la banca, a empresas internacionales, y a muchos caudillos regionales, descontentos con las promesas incumplidas de La Restauradora.
El desembarco se produce con los primeros rayos del sol, en medio de los graznidos de los alcatraces y pelícanos que merodean la playa disputándose el alimento. La toma de la ciudad es una operación de rutina, al igual que otros territorios cercanos. Carúpano vuelve a salir salpicado por la lava de la guerra, que paraliza su puerto y su industria, sobre todo, la pujante alambiquera, cuya fama le va labrando un nicho en el mercado.
Cipriano Castro, presidente de Venezuela, recibe los pormenores de lo que ocurre en Carúpano a través de canales diplomáticos que sigilosamente espían a las revolucionarios. Castro, a sabiendas del peligro que le acecha, confía su suerte en el ejército nacional que viene organizando y equipando. Ha adquirido fusiles mauser de repetición, trenes de artillería Schneider y Krupp de tiro rápido, además de cañones Creusot y las novedosas y letales ametralladoras Hotchkiss, con lo cual da caza a los insurrectos. El Restaurador, confía también en el invicto general Juan Vicente Gómez, quien ha sido el encargado de apagar los fuegos de la revolución Libertadora en el occidente y en los llanos, a quien hace llamar a su despacho.
Ambos generales se encuentran y se abrazan. El más pequeño y de entradas pronunciadas, se mueve como un colibrí; el otro, más alto y de espesa cabellera, es pausado como un cuervo al acecho.
-compadre, mi vicepresidente, le dice, tocando con sus diminutas manos las charreteras y mirándolo con aquellos ojos que quieren librarse de su órbita, ahora le toca sofocar el pleito que está encendido en Oriente. El catire Rolando se cree el dueño y señor de esa tierra. Vaya usted y demuéstrele quien manda en este país, carajo.
Juan Vicente le mantiene la mirada, la suya es helada, y le responde con mesura, a penas moviendo la boca que se esconde tras la cortina hirsuta de sus bigotes.
-ya usted habló, mi general.
Posteriormente a la reunión -que transcurre el 29 de Abril, en la cual Castro finaliza recordando la estrategia de las «líneas interiores», propias del pensamiento militar prusiano- Gómez Chacón abandona Caracas rumbo a La Guaira, donde lo esperan al menos dos mil hombres bien armados, con quienes se embarca en una flota integrada por los vapores, «Miranda», «Restaurador», «Zumbador», «Bolívar» y «Ossum», para luego zarpar con proa a oriente, el primero de Mayo.
En Cumaná lo espera el general José Antonio Velutini al mando de dos mil hombres, en cuyo puerto atraca, dos días después, para ocuparla sin mayores contratiempos. Gómez tiene entre ceja y ceja a Nicolás Rolando, y para dar caza a su cabeza, ordena la toma de Carúpano, en un susurro que lleva la fuerza de un ciclón.
Es seis de Mayo, y en Carúpano, la tensión de lo que va a ocurrir es un rumor de ecos insondables; sin embargo, el general Rolando sabe que Gómez viene por él, y lo espera desafiante en el viejo castillo que corona al cerro La Vigía. Gómez y Velutini entran a la ciudad y se detienen en la laguna que está a los pies del promontorio.
Han decidido, creyéndose superiores, atacar la encumbrada fortaleza. Se escupe plomo de lado y lado. Los insurgentes, desde su privilegiada posición, causan mucho daño al gobierno y los muertos y heridos pintan de rojo el suelo y las laderas de La Vigía, cuyo aspecto es el de un inmenso fantasma entre el humo denso de la pólvora.
El general Gómez, en un arrebato de arrojo, que dista mucho de su habitual cautela, encabeza otro intento de subir hasta el cuartel. Va con su largo fusil soltando fuego como un dragón. Los hombres que le acompañan caen uno tras otro como pines. El avanza altanero, su ojo zahorí está empañado de odio, hasta que una bala le perfora una pierna.
– Han herido a mi general, han herido a mi general Gómez, auxilio, grita un soldado, que de tanto hacerlo, consigue la ayuda reclamada. Gómez está pálido y sudoroso; no obstante, asegura sentirse bien.
Rápidamente es trasladado a una aldea de pescadores en las afueras de la ciudad, que le informan, lleva por nombre Playa Grande. Es asistido esmeradamente con los rudimentos médicos disponibles, lo cual lo reestablece parcialmente, aunque el dolor es insoportable. Acto seguido, se reembarca, herido y vencido, no solo militarmente sino en su amor propio. Juan Vicente Gómez jamás olvidará aquel día desdichado, el de su derrota, el de aquella llaga maldita que lo deja renco para toda la vida, arrastrando la pierna apoyado en un bastón que le debe a Carúpano. Jamás, el zamarro general, olvidará que esa afrenta que lo lastima se la debe a Carúpano.
Autor: LCDO. JOSÉ RAMON REGNAULT

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