Laura Antillano / No puedo respirar

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                     NO PUEDO RESPIRAR

Por: Laura Antillano


«¡No respiro¡” ha pasado a ser la consigna de las manifestaciones a lo largo y ancho de Estados Unidos, en protesta por el asesinato de George Floyd. Todos vimos en las imágenes televisivas el hecho impugnable.

El elemento propulsor de denuncia más conocido, con relación a las primeras protestas del antirracismo, en la historia de la literatura norteamericana, fue una novela titulada: “La cabaña del tío Tom”, escrita por Harriet Becher, partidaria de la abolición de la esclavitud. La novela se publicó en 1852, y en el prólogo a la primera edición ella dice: “(…) en las escenas de esta historia intervienen principalmente gentes humildes, oprimidas y desdeñadas, pertenecientes a una raza exótica, cuyos antepasados, nacidos bajo el sol tropical, trajeron consigo y perpetuaron en sus descendientes un carácter esencialmente distinto del de la inflexible raza inglesa dominante.”

Cuando yo tenía unos doce años, mi padre me puso entre las manos otros autores al respecto, pioneros en la audacia de hablar de la circunstancia discriminatoria que vivían los afrodescendiente, como segregados en su propio país.

Esa población que, a partir de los “cantos de trabajo” creó el jazz, desarrollado hasta nuestros días con magistrales variantes. Por esas lecturas yo trataba de imaginar entonces los campos de cultivo del algodón, donde los negros llevaban la mayor parte del rigor de las tareas, y la Guerra de Secesión, la lucha del Norte contra el Sur, por la eliminación de la esclavitud, acerca de la cual la obra literaria de William Faulkner nos ilustra de modo fehaciente.

En este compás de textos literarios que nos acercan a esa realidad, hoy encendida a partir del asesinato de Floyd, pensamos en cómo es posible que el transcurrir de la Historia mantiene intactos conflictos como ese.

Hace unos meses, en un taller literario de La letra voladora leímos parte de la obra de Toni Morrison, (nacida en Ohio, una de las autoras más importantes del movimiento de las escritoras afrodescendientes norteamericanas), cuya literatura es un alegato permanente a su circunstancia, como parte de un colectivo, segregado en el propio territorio de su nacimiento, que se ha mantenido por muchas generaciones. Las escenas trágicas, aún en el dibujo de sutil ternura, y la construcción de personajes a quienes hace casi tangibles, de carne y hueso frente al lector, nos condujeron, al colectivo que participó en el taller, a compartir interesantes elementos para el entendimiento de lo que el racismo significa en ese enorme territorio del país del Norte.

El funeral de George Floyd acaba de realizarse y en un orden simbólico ha sido un recordatorio que marca permanencia, con relación a la injusticia de esta circunstancia absolutamente inaceptable, desde la mirada de la justicia social.

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