Ni sumisos entreguistas ni radicales revolucionarios 

Texto: Otilio Rodríguez

Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, fueron entrañables, consecuentes e incondicionales amigos hasta el día 24 de noviembre de 1908, época en la cual Castro decide viajar al exterior para operarse de un padecimiento físico. Gómez en condición de vicepresidente de la rural Venezuela de principios del siglo XIX, aprovecha la ausencia de su compadre para enjuiciarlo y a su vez, arrebatarle el trono como Presidente de Venezuela. Tras unas elecciones fraudulentas el Benemérito asume el control total de la Hacienda Nacional.

Ambos líderes de la Revolución Liberal Restauradora, se creyeron dueños de una nación que aún desconocía las inmensas riquezas petroleras y gasíferas que yacía en su subsuelo. La ambición desmedida de ambos, los llevó a traicionarse entre sí. El primero creyó poder derrotar simbólica y militarmente al Imperio Norteamericano. El segundo pensó que asumiendo el rol de lacayo lograría pasar a la historia como el mejor de los mandatarios.

Génesis de la traición

Fue en el amanecer del 24 de mayo de 1899, cuando Castro pasando revista a su tropa, lanza su primera proclama de asaltar junto a Gómez, el poder político en Venezuela. Aún cuando muchos historiadores coinciden que Castro era más hábil y astuto que Gómez, no hay dudas que Juan Vicente fue más cauteloso y paciente que su compadre Cipriano.

Motivado por las prebendas ofrecidas por las potencias extranjeras, Gómez, acepta con vehemencia las condiciones y propuestas suscritas por los Gobiernos de Estados Unidos y Alemania. La oferta pasaba por explotar sin restricciones las riquezas energéticas de la república, a cambio de reanudar las relaciones diplomáticas deterioradas durante la administración de Castro.

Aquella célebre proclama de Cipriano el 09 de diciembre de 1902, “la planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria”, fue meses más tarde, vilipendiada tras el acuerdo firmado por el otro dueño de Venezuela. El primero ya estaba fuera de juego y el segundo a penas iniciaba el partido.

Era la primera vez en la historia que un político lograba invisibilizar a otro, aplicando el sectarismo como modo de supervivencia y supremacía a cambio del poder y la codicia. Fue así como Gómez traiciona a Castro. Fue además la primera vez en la historia que un presidente se enfrentaba cara a cara ante las “garras y colmillos” del Imperio más poderoso del planeta tierra. Dicho atrevimiento condenó a Cipriano Castro a vivir en el exilio hasta el día de su muerte el 05 de diciembre de 1924.

Por su parte, Juan Vicente Gómez creyó ser dueño de Venezuela durante 27 largos años de cruenta dictadura, donde el verdadero propietario de las riquezas de nuestro país estuvo siempre bajo el dominio de los Estados Unidos de América.

Gobernantes que aún no aprenden las reglas del juego imperial  

Es así como Cipriano y Juan Vicente, intentando uno ser el malo y otro el ser el bueno, pecaron por inocentes ante el poderío miliar del Tío San. Los compadres que se creyeron dueños de Venezuela, dejaron un legado de enseñanzas que bien merecen ser practicados por quienes hoy ostentan el poder político. Aquellos que aún desean estar en juego y no rendirse ante el enemigo, deben aprender de la experiencia de Castro. Y aquellos que desean asaltar el poder político jugando a favor del enemigo, aprendan que ni el mismísimo Benemérito pudo dominar la partida de juego.

Recordando la premisa que reza “EN LA UNIÓN ESTA LA FUERZA”, es propicia la ocasión para recordar que “a pesar de las diferencias y divergencias presentes en una sociedad democrática, siempre será necesario luchar por un mismo objetivo”, Antonio Gramci.

Partiendo de este pensamiento reflexivo, finalizamos diciendo que más allá de las preferencias partidistas de un sector y otro, el objetivo siempre deberá estar orientado a luchar por un mejor país, desde lo interno y no desde lo intervencionista.

 

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