Oswaldo Salazar León / «Carúpano: Ilustraciones del descanso de la memoria»

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“CARÚPANO: ILUSTRACIONES DEL DESCANSO DE LA MEMORIA”

Por Oswaldo Salazar León


–El hombre tiene la histórica costumbre de enterrar a sus muertos y adorarlos. Desarrolló un culto para mantenerlos vivos en la memoria. Antes, fue común inhumarlos en el recinto de los templos, ubicándolos de acuerdo a algunas características que eran reflejo de posición en la organización social, tales como nobles, clérigos, caballeros, ciudadanos, miembros de hermandades y gremios. Con el aumento poblacional, las guerras y pandemias, también aumentaron el número de muertos que iban siendo enterrados en las cercanías y accesos a los templos. Esto trajo como consecuencia insalubridad y contagio en el ambiente.
Con base en la limpieza e higiene que debían prevalecer en los templos, las autoridades promovieron la construcción de cementerios en la periferia de pueblos y ciudades, procurando distancia de las casas, dotándolos de panteones, mausoleos y capillas para facilitar la continuidad del culto a los muertos y disponiéndolos de tal forma, como si estuvieran en eterno descanso. Muchos destinaron espacios como osarios, que es destino final de osamentas sacadas de los nichos, o por afloramiento, o de restos anónimos. Se transformaron en lugares de ensueño y tranquilidad, de calma y meditación para los deudos.
Al agotarse la capacidad de recepción del Cementerio Municipal de Carúpano y habiendo evolucionado el concepto del diseño arquitectónico hacia el de “parque” o “jardín”, con árboles, veredas interiores, parcelas y otros servicios para que fueran lugares placenteros, semejantes a pequeñas ciudades, silenciosas, sin seres vivos, excepto los visitantes, se construyó el actual Cementerio Parque en la vía a San José de Areocuar, en las inmediaciones del aeropuerto, aunque con muy pocos árboles de sombra y florales.
En Carúpano, cuando era cantón de la Provincia de Cumaná del Departamento del Orinoco, en los tiempos de Boves y Morales, es conocido el hecho de habérsele dado muerte y luego decapitar a un grupo de personas en el sitio de La Sabaneta, en las cercanías del Tío Pedro de hoy, y sus cabezas paseadas a redobles por las calles del pueblo. Estuvieron insepultos durante siete años. Posterior a esta acción criminal e inhumana del brigadier español, con las participaciones del Concejo Municipal y la autoridad eclesiástica parroquial en la persona de fray Juan Bautista Molinar, se les dio sepultura en un lugar privilegiado del bautisterio, en el recinto del templo de Santa Rosa. En este templo habían sido sepultados con anterioridad algunos párrocos y vecinos.
En la Plaza del Cementerio, que así se llamaba antes de denominarse Suniaga, hubo una pila de agua cercana a su entrada, en el camino que da rumbo al Cerro La Gata. Para aquellos tiempos sucedió que una hija de esclava liberta fue presa de los celos de su amante. Él, broncíneo, ágil, caribe impetuoso que así el poeta cantara, prendió fuego al rancho con la infortunada en su interior. Culpable, fue apresado y amarrado al guapuruvú vecino de la pila y fusilado por la descarga de seis carabinas, por encontrársele culpable de haberle dado muerte a su amada. Entre los vestigios que dejaran estos acontecimientos, que no sé si aún existen, están las apariciones y fantasmas que cobran vida a las sombras de las noches, mientras en la fosa del cementerio reposa el cuerpo, ignorado y solitario.
Don Vicente, venido de tierras lejanas a sembrar en el suelo fértil de Paria, un día vio como el ímpetu de la naturaleza arrasó los sembradíos, arrancando las plantas que asomaban frutos. Acostumbrado a trabajar con esperanza y tesón que no conoce debilidades, se asentó en la horizontal que forma la serranía al Sur de la Península de Paria, por los lados de El Pilar.
Ya han transcurrido cinco generaciones. Brotó de nuevo la baya del cacaotero, de aquel esfuerzo de casi dos siglos. Después de fallecer se dio lectura a su testamento, en el que contempló, como una de sus voluntades, que trajeran su cuerpo para ser enterrado en el cementerio de Carúpano. Quiso tanto a este pueblo donde constituyó respetable familia. También dejó asentado el destino de quinientos pesos a la iglesia Santa Rosa de Lima y doscientos pesos al cementerio de Carúpano, en donde reposa en descanso eterno, en el panteón de fino arte y decoración, como testigo silente de aquella época.
Cuando uno de los descendientes del águila imperial llegó a Carúpano en compañía del abate Dominique Ponzevera para trabajar en el proyecto ferroviario que uniría aquella ciudad con Tunapuy, eran tiempos de una pandemia que el pueblo mencionaba perniciosa. No se imaginó lo breve que sería su estadía. Se había hospedado primero en casa de Manuel María Subero, que quedaba en la calle de la Independencia y luego se mudó a la del cónsul americano, ubicada en una de las esquinas de la plaza de Santa Rosa. Habiendo sentido agudos quebrantos se salud y, quizás por su condición de Conde además de las razones humanitarias, fue atendido por los doctores Bermúdez, Russián, Lavié, Imery, Salazar y Castillo. El diagnóstico de los galenos fue concluyente: se contagió de fiebre amarilla. A pesar del denuedo, esfuerzo y tratamientos, el 4 de agosto de 1894 falleció; la virulenta enfermedad acabó con el nobiliario visitante.
Por la naturaleza del deceso, se decidió construir el féretro con dobles capas de madera y metal para evitar el posible contagio, al momento de una exhumación futura. Habiéndose encargado Juan Antonio Orsini, en cuya casa falleciera el Conde, de los actos del enterramiento, cedió un espacio en el panteón familiar para darle sepultura. El campanario de la iglesia permaneció en silencio, no tañeron las campañas ni hubo toques lentos, anunciadores del sepelio, porque se evitó convocar a la feligresía a los servicios religiosos, evitándose la posibilidad de contagio. No por ello dejó de ser muy sentido en la sociedad y abundaron notas de condolencia y pesar por el cuerpo diplomático, agencias consulares acreditadas y pueblo. Varios periódicos locales cubrieron la noticia del solemne acto. Pasado un tiempo, fue removido del espacio que ocupara en el panteón, para poder atender otro requerimiento de la familia Orsini.
Estos espacios mortuorios forman parte del proceso civilizatorio, de valor histórico y antropológico, desde el asentamiento primario y sus características temporales hasta los hábitos, creencias, adoración, conducta y culto, correspondientes con cada época hasta la configuración actual. Son fuentes, incluyendo a la tanatología, para el estudio del pasado y comprensión de la realidad, desde cuyos vestigios se enriquece la memoria colectiva, misma que aclara o preserva misterios que pudieron tener aquéllos en la vida de la sociedad o, simplemente, donde reposan nuestros ancestros en descanso eterno.
(Cancún, México, febrero 2021)

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