Ramón Guerra Brito / Juan Guerra, mi padre

1
194

JUAN GUERRA, MI PADRE

Por Ramón Guerra Brito


A Blas, que se fue muy joven, a mis hermanos y a la tía Elena.

«La mojada tarde me trae la voz, la voz deseada de mi padre, que vuelve y que no ha muerto.» Jorge Luis Borges.

Registrando papeles en la casa (de niño, mi tía María Mercedes decía que yo era un «registrón»), encontré un viejo documento de conducir perteneciente a mi padre, con su nombre completo y fecha de nacimiento: Juan Ramón Guerra Campos, 6 de mayo de 1919. Hoy, 6 de mayo de 2020, mi padre cumpliría 101 años, por eso traigo estas cortas memorias en su ausencia.

El 25 de octubre de 2003 me encontraba en Güiria. Varias noches consecutivas acudí a una bodega esquina con la plaza Bolívar, a ver los partidos de la Serie Mundial de beisbol. Cervezas, comentarios y algunas apuestas entre los presentes. Al salir dejé olvidado el teléfono celular. Papá estaba mal de salud, yo procuraba mantener el contacto telefónico con mis hermanos que cuidaban de él en Río Caribe. En el transcurso del juego no dejé de pensar en él. El juego terminó a las 9.30 pm. Campeones los Marlins de Florida, el equipo para el cual jugaba el prospecto Miguel Cabrera. Regresé rápido a la habitación. Llegué directo al teléfono y veo numerosas llamadas perdidas de mis hermanos. Todo se consumó: Los Marlins le ganaron a los Yankees y papá seguro cumplió su paso por este mundo. Dudé en llamar, pero quise tener la certeza. Al recibir la noticia, sentí que algo de mi se había detenido para siempre en el camino y yo debía continuar. Una rápida confusión de no saber qué hacer. Volví a la bodega del final de la Serie Mundial, ya no había apuros. Las calles de Güiria estaban tan solas como yo. Pedí cervezas para llevar y una caja de cigarrillos. Sentado en la acera frente a donde vivía, comencé a proyectar para mí la película mental de Juan Guerra, mi padre, entre cervezas que fuí consumiendo caliente y colillas de cigarrillos apagadas a mis pies.

Amaneciendo de aquella noche larga e insomne, fuí de Güiria a Carúpano y de allí a Río Caribe. El corto viaje fue eterno. Repetí mil veces la película de mi padre y no llegaba a la pendiente que indica la entrada a Río Caribe. Llegué a la pendiente, allí estaba el mar esperándome, muy azul, y las olas en la orilla donde una vez papá nos dió nuestra primera lección de nado. Por fin el vehículo se detuvo frente a la casa. «Cayo» Fernández, fue el primero en darme el pésame, era el único sentado en uno de esos largos bancos de madera que solían disponer para los asistentes a los velorios de difuntos y que por varios días quedaban como una señal de duelo. Adentro, el vidrio de la ventana de un ataúd me separó para siempre del cuerpo de mi padre.

Entre tantos encuentros con papá, recuerdo dos muy particulares. Una noche en Caripe en casa de mi amigo el Dr. Victor Antonio Giliberti. El Dr. Gustavo Rocha llamó desde la calle, atendí yo, portaba una botella de vino, preguntó por el Dr. Giliberti. Entró y fue bien recibido por su amigo integrándose al grupo. Papá dijo no tomar vino, habló con deseo de un whisky, lo que el dueño de casa satisfizo de inmediato. Aquel compartir no fue como cuando era niño, mientras papá compartía comida, juego y tragos con sus amigos, yo andaba en lo propio de mi edad. Ahora compartimos en la misma mesa, yo a su lado, no se si fue la última vez. Entre vinos y whiskys, la conversación comenzó con temas médicos, cuando papá tomó la palabra, todos escuchamos con atención porque tenía más por contar que nosotros. El frío se intensificó con la madrugada, el Dr. Rocha, quien había venido a saludar, levantó la mesa, mientras miraba su reloj. El Sol no tardó en llegar.

El otro encuentro fue en Cumaná. Una tarde llevé a papá a un Neurólogo. En la clínica le indiqué el consultorio del Dr. Alfonso Arroyo, su amigo y paisano. Me pidió que finalizada su consulta pasáramos a saludarlo. El Neurólogo fue breve, dijo cosas obvias a un hombre que comenzó a trabajar desde niño y a quien los años comenzaban a cobrar su deuda. El Dr. Arroyo al ver a papá dijo a su asistente que podía irse. Cerró la puerta. Quise salir para dejarlos solos, el Dr. Arroyo sugirió que me quedara. Esta fue la verdadera consulta de esa tarde, una conversación de casi dos horas. El saludo por los años sin verse, la pregunta de rigor por la visita a la clínica y los consejos de vida y salud de un médico amigo: –Juan, a todos nos pasa cuando llegamos a viejos. La decadencia del cuerpo y en mi caso un consultorio al que ya casi nadie viene por mi edad. Buscan a la nueva generación. Yo fui una vez esa nueva generación– Fueron las palabras de un hombre aceptando sin quebrantos su tiempo ya pasado. Papá nunca lo aceptó y pagó las consecuencias. La conversación pasó a las intimidades juveniles. Al Río Caribe de los jóvenes de flux y sombrero, de las vueltas y tertulias en la plaza Bolívar, de las muchachas bonitas, el picaflor que fue mi padre, los estudiantes en la UCV, la mayoría en Medicina, que se iban en enero y regresaban en diciembre. Al salir de la clínica papá mejoró su semblante, la conversación tuvo efecto sanador, volver a ser joven unos instantes le hizo bien.

Papá olía a Jean Marie Farina y dejó su fragancia en mí. Un camionero con una gandola que lo identificó en el pueblo. Harina de trigo, cemento y cerveza Caracas, tres cargas indispensables. Mis hermanos y yo lo esperábamos, para nosotros traía todo del camino, el guante de beisbol, bates, pelotas, las figuritas con los jugadores, Sport Gráfico, la revista deportiva donde conocí a Babe Ruth y a Mickey Mantle y la leyenda de los Yankees de Nueva York que años después sucumbieron una noche, la misma noche que papá. Fuimos afortunados con los mejores juguetes, el Niño Jesús nunca nos defraudó, 4 hermanos, 4 bicicletas. Y en su Pickup Dodge roja, el paseo en la mañana o en la tarde y en las afueras el retorno en la Casa Verde. Pero la vida tuerce su rumbo sin previo aviso o te da sorpresas, como dice Rubén Blades en su Pedro Navaja.

La madrugada del 24 de marzo de 1963, un trágico accidente de tránsito nos partió la vida en dos. Blas, nuestro hermano mayor, dejó su joven vida en una calle de Río Caribe. El luto nos envolvió. Mamá cargó esa cruz para siempre. Luego el divorcio de papá. Una corbata negra y la separación. Cuando se fue de la casa nos dejó sus pájaros, la puntualidad de sus cantos nos despertaban cada mañana. Una cotorra que se alegraba cuando llovía y se burlaba de nosotros cuando llorábamos y un arrendajo muy cantador que imitaba los trabalenguas de la cotorra. Siempre procuró que tuviéramos un perro, Dominó, un dálmata mestizo, fue el último. Mi padre fue gallero por sus ancestros españoles, le encantaba el galerón oriental y jugar dominó en la esquina de mi tío Félix Brito «Felucho» o en cualquier lugar.

Mi padre, sin mucha escuela tenía buena letra y supo salir adelante. En octubre de 2003, había comenzado el campeonato de beisbol profesional, tuve una duda, no sabía si desear la victoria o la derrota de los Tiburones de la Guaira, el equipo de papá. La derrota, para que todo quedara como él lo dejó, sin ser campeones. La victoria, para que papá se alegrara donde estuviera, luego de tanta espera. Coño, cuanto deseo ahora que La Guaira gane un campeonato, para ir a la tumba de papá a decírselo, no importa si no me escucha. Quedaron cosas pendiente que me pidió, espero acepte mis disculpas. Siempre le he dicho a mis hermanos, el día que nació, el día del padre y cada 25 de octubre, que si habló muy fuerte y no mostró más afecto, nos quiso a su manera, pero nos quiso.

Viejo, ve tranquilo.

Si me preguntan, como ahora preguntan por allí, no importa si suena cursi, te elegiré a ti.

Ramón Guerra Brito.
Cumaná, 6 de mayo de 2020.

 

1 Comentario

  1. Esta hermosa y conmovedora historia de vida del amigo y paisano Ramón Guerra Brito en honor a su padre la leí estamañana con gran emoción en una publicación suya en facebook, pero con agrado la he vuelto a leer aquí.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.