Simon Gronowski, el niño que escapó del tren a Auschwitz

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Texto por: Esther Herrera (Bélgica)

–Con solo 11 años, el belga Simon Gronowski saltó del tren que lo llevaba al campo de concentración de Auschwitz, cuya liberación se conmemora este 27 de enero. Viajaba junto a otros judíos en el Vigésimo Convoy, el único tren del que gracias a la Resistencia pudieron escapar quienes eran deportados a una muerte segura. RFI conversó en Bruselas con este superviviente, que cuenta su fuga, el trágico destino de su familia y su posterior relación con uno de sus carceleros.

“Mi vida no han sido más que milagros”, asegura Simon Gronowski, bruselense de 89 años, a RFI. Porque su vida no ha sido como la de los demás. Cuando tan solo tenía 11 años, saltó de un tren que lo llevaba desde un campo de concentración en la localidad belga de Malinas a una muerte segura en el campo de exterminio de Auschwitz.

Simon no saltó de uno cualquiera, sino del Vigésimo convoy, célebre en la historia de la resistencia contra la invasión nazi en Europa, porque fue el único tren del que pudieron escapar víctimas que iban hacia un campo de exterminio. Viajaba junto a su madre, Chana, pero ella no pudo saltar.

Tres jóvenes miembros de la Resistencia belga, Youra Livchitz, Jean Franklemon y Robert Maistrau, conociendo el itinerario del ferrocarril, se acercaron a las vías y colocaron una linterna como si fuera un semáforo rojo para engañar al conductor, indicando que debía parar. En ese momento, abrieron desde fuera uno de los vagones y escaparon 17 prisioneros. Poco después, otros deportados, envalentonados por el milagro de que hubiese gente que hubiera podido salir, abrieron un vagón desde dentro. Era el de Simon Gronowski.

“Salté del tren porque me lo pidió mi madre”, recuerda. “Si ella me hubiese dicho que me quedara, lo hubiese hecho, y hubiese muerto con ella en la cámara de gas”, lamenta Gronowski.

Su madre no lo pudo seguir porque el momento en que más prisioneros saltaron, los guardias se dieron cuenta y empezaron a disparar. Simón entonces empezó a correr por el bosque, hasta que se dio cuenta de que nadie iba detrás de él.

Simon Gronowski junto a su madre, Chana.
Simon Gronowski junto a su madre, Chana. © Cortesía Simon Gronowski.

La suerte estuvo de su lado cuando fue a parar a la casa de un gendarme -“un patriota belga que apoyaba la Resistencia”-, Jean Aerts, que lo cambió, le puso la ropa de su hijo, de más o menos la edad de Simon, y se lo confió a una persona para que lo llevara a una estación de tren y pudiera volver a Bruselas. Simon, —que tenía en el calcetín 100 francos belgas guardados que le había dado su madre antes de que los deportaran—, pudo comprar el billete para volver a la capital de Bélgica. Allí estaba su padre, Léon, escondido con unos familiares. La Gestapo no lo llevó al campo de concentración de Malinas el día que arrestó a su familia, ya que estaba en el hospital por una infección pulmonar.

Pero Simon apenas pudo ver a su padre. Durante 17 meses estuvieron separados en la misma ciudad, escondidos con familiares y amigos para que no pudieran ser delatados, con la esperanza de que su madre y su hermana, —deportada también a Auschwitz pero en un tren distinto al de Simon—, volvieran. Con la liberación de Bélgica, en 1944, padre e hijo se reencontraron. Al poco de acabar la guerra, Léon falleció. “Murió de tristeza, nunca superó la muerte de mi hermana y mi madre, no teníamos una confirmación oficial de su muerte, pero sabíamos que no iban a regresar”, cuenta Simon.

Tenía 14 años. Y estaba solo en el mundo.

“Salté del tren porque me lo pidió mi madre”, recuerda Simon Gronowski.
“Salté del tren porque me lo pidió mi madre”, recuerda Simon Gronowski. © Gentileza Simon Gronowski.

Pero Simon, que dice que “a pesar de todo, siempre trató de seguir adelante y mantener la moral,  como una pequeña venganza contra los nazis”, volvió a su casa familiar vacía, alquiló habitaciones y con ello se pagó parte de los estudios. Estudió derecho, profesión que aún ejerce. Después de ello, se casó y tuvo dos hijas, una de ellas, Katya, también es abogada.

Después del trauma de haber perdido a su familia, Simon guardó silencio durante 60 años sobre todo lo ocurrido durante la invasión nazi y la deportación. Pero en 2002, alentado por sus allegados, decidió contar su historia en un libro, ‘El niño del vigésimo convoy’. “Antes nunca quería hablar de todo lo que viví, quería vivir el presente, no mirando al pasado”, admite. Entonces se hizo célebre por todo el país, lo invitaron a escuelas (una de sus grandes tristezas a causa de la pandemia es no ver a los jóvenes para contarles su historia). Y un día en 2012, un joven estudiante que había escuchado a Simon en una charla se le acercó y le contó la historia de Koenraad Tinel.

Koenraad era también un niño durante la Segunda Guerra Mundial. Pero su padre era un nazi flamenco, colaboracionista, ferviente defensor de Hitler. De sus tres hijos, a uno lo mandó luchar al frente del este, en Rusia; y al segundo, a que fuera guardia en el campo de concentración de Malinas. El tercero, Koenraad Tinel, era un niño por entonces. Pero de adulto también escribió un libro, renegando de su progenitor —que nunca se arrepintió de su pasado nazi— y mostrando su pesar por lo ocurrido durante el Holocausto.

Aquel año, en 2012, Koenraad y Simon se conocieron, y se hicieron amigos inseparables. “Él es más que un amigo, él se ha convertido en mi hermano”, asegura Simon, quien lamenta que desde la pandemia apenas se han podido ver, ya que viven en zonas distintas del país, pero que hablan a menudo. Juntos escribieron un libro en que hablaban de su amistad. Por ello, en septiembre, la Universidad Libre de Bruselas les hicieron a ambos Doctores Honoris Causa, por su mensaje de amor y de lucha contra el odio.

En 2013, el hermano de Koenraad, Walter, ya muy mayor, sintiendo que pronto moriría, pidió a Simon que lo perdonara: él había sido su carcelero durante su arresto en el campo de concentración de Malinas: “Lo tomé en mis brazos, lo abracé, los dos entre lágrimas. Entonces él supo que le había perdonado (…) Murió en 2014, con el alma en paz al fin, creo”, reflexiona.

Pero a Simon le han tocado vivir otras cosas extraordinarias. Como cuando después de una entrevista, en 2013, mostró su admiración por Woody Allen y lo mucho que le gustaría tocar con él. Los dos adoran el jazz, y el director, tras enterarse, lo invitó a Nueva York pagándole todos los gastos para tocar juntos en un concierto.

Y esa no fue la única vez que coincidió con el director de cine. Woody Allen se volvió a acordar de Simon hace dos años y durante su gira europea que lo llevó a Bruselas, ambos volvieron a compartir escenario. El cineasta con su orquestra y su famoso clarinete, y Simon, al piano. Instrumento que toca de oído porque no sabe leer partituras y que aprendió de forma autodidacta, para estar un poco más cerca de su hermana Ita, “una maravillosa pianista”, recuerda.

La música no ha parado de acompañarle durante toda su vida, incluso el compositor británico Howard Moody escribió una ópera, llamada “Push”, que narra la historia de su deportación y de cómo escapó del tren.

Simon es también alguien extremadamente querido en su barrio. Un día de marzo, durante la primera ola de la pandemia de Covid-19, acercó su piano a la ventana, y empezó a tocar jazz para sus vecinos. Lo que empezó como algo espontáneo se convirtió en una tradición: todos los días a las 8 de la tarde, cuando todo el mundo aplaudía al personal sanitario, él tocaba su piano. Durante toda la primavera recibió cartas de agradecimiento por alegrar los oscuros días del confinamiento.

A pesar de todo lo vivido, Simon siempre termina sus charlas en las escuelas con la frase de que “La vida es bella”. “Es un combate, pero es bella”, resume con una sonrisa.

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