Su visita tenía un propósito: Desovar para multiplicar su especie en la bahía de Playa Grande

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Y como dice el muy conocido adagio popular “el buen hijo siempre vuelve a su casa”.

Texto: Otilio Rodríguez

Una playa modesta en servicios e inmensa en potencialidades, de las más concurridas en temporada baja y de asueto, ofrece un azul panorámico contentivo de una riqueza infinita, propicia para el turismo y la pesca artesanal. Su nombre bautismal “Playa Grande” hace especial honor al enigma maravilloso que ella protege en complicidad con la brisa tropical, que desde el Caribe trae consigo visitantes inesperados como los delfines, que regularmente aparecen saludando a todo aquel que tienen el privilegio de contemplarlos por unos minutos, pero también abre su extensa bahía para quienes se fueron un día y por razones obvias de la naturaleza, decidieron regresar a su antiguo hogar.

Recientemente unos privilegiados por la providencia la observaron llegar sin avisar, pero no es así, ya que ella regresó con un propósito que no pudo concretar. Se atrevieron a decir que ella visitó a playa Hawái para conocer su cálida arena, pero no….su misión era desovar posibles generaciones para multiplicar su especie en este mundo en peligro de extinción. Lo que no sabía la mayoría es que ella había regresado al mismo lugar donde un día aprendió a zigzaguear con la ayuda de unas manos generosas que finalmente la guió a mar adentro.

Después de varias leguas submarinas, pudo sobrevivir y evolucionar en sincronía perfecta con el mundo marino, y como dice el muy conocido adagio popular “el buen hijo siempre vuelve a su casa”.

Mito, leyenda o suposición, eso fue lo que ocurrió hace unos días, en plena Cuarentena y Distanciamiento Social, en la pintoresca playa de “Playa Grande”, nuestra querida y muy apreciada bahía de Hawái.

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