Es tan alto que causa asombro en las calles de Lima. Algunos se animan a pedirle una foto, un selfie. “Pasu”, exclaman los jóvenes; los taxistas se detienen para verlo pasar. Y es que los 2.25 metros de Francisco Alfonso, son un espectáculo que a nadie deja indiferente, reseña Diario El Correo.

Ya se acostumbró a que le recomienden las chambas más inverosímiles: cambiador de focos, pintor de techos, Frankenstein para Halloween. Él solo se ríe y sigue caminando con esas zapatillas talla 55 y los pantalones que le llegan a la pantorrilla, porque casi nunca puede encontrar unos acorde a su altura.

A sus 25 años es el hombre más alto de Venezuela y, actualmente, es el hombre más alto en suelo peruano sin padecer la enfermedad llamada popularmente gigantismo. Nuestro Margarito Machacuay es 10 centímetros más alto, pero su altura es resultado de una anomalía genética. En cambio, el chamo Francisco no solo se considera saludable sino que en su patria fue un ágil basquetbolista. Por ello, gran parte de su ropa tiene que ver con el deporte de los gigantes.

¡Miren qué deditos se gasta Francisco! 

En una disciplina deportiva de superaltos, él es el más alto.

Como ya sabemos, la terrible crisis económica y política de Venezuela está obligando a muchos llaneros a migrar a otros países en busca de una mejor vida. Es el caso de Francisco Alfonso, quien tuvo que dejar a su madre y hermanos, y también a su bella novia. Hace casi dos meses llegó a Lima en un bus. Recuerda que ni bien llegó al terminal de Lima Norte, se dio cuenta de que no tenía dónde dormir. Solo 60 soles alumbraban su bolsillo.

Consiguió un hospedaje por allí mismo. Pudo dormir al fin después de varios días de viaje, aunque la mitad de las piernas le quedaran fuera de la cama.

Mil oficios

Su primer trabajo fue de descargador de camiones en La Victoria. Al poco tiempo pudo alternar con un trabajo de hombre de seguridad en una discoteca de Los Olivos, en la que ya ha sacado a la calle a dos faltosos, que en sus manos parecían conejos agarrados de las orejas.

Un verdadero gigante dicen los peruanos 

Cuando recuerda a su familia lo invade la tristeza, pero se aguanta las ganas de llorar. Sabe que venir fue mejor que quedarse en un país donde a veces no hay dinero para comer y en la calle te pueden matar por cualquier billete.

Se distrae visitando algunos lugares de Lima. Los centros comerciales llenos de mercancías y alimentos le parecen un sueño. Y se detiene a veces en las tiendas de ropa deportiva. Y observa la ropa de básquet que con su precaria economía le resulta imposible comprar.

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